Por estos días, en relación a la coyuntura, han surgido diversas preocupaciones que nos mantienen muy alertas. Una de ellas tiene que ver con el incremento de episodios de Violencia en relaciones de pareja durante la cuarentena. Muchas mujeres confinadas en sus hogares se han visto obligadas a compartir el espacio domestico las 24 horas del día con sus agresores, escenario desfavorable y en la mayoría de los casos inevitable en época de pandemia, volcadas al espacio privado, donde tras las paredes no podemos ser testigos de lo que ellas viven. Así como también, niños y niñas que ahí habitan, victimas indirectas de la violencia, espectadores de estos hechos de los que no pueden escapar, siendo vulnerados nuevamente por el espacio y las personas que debiesen brindarles protección, sus propias familias. Es entonces que se vuelve imperiosa la necesidad de plantear esta problemática una vez más, pero con mayor urgencia.

Actualmente la temática de violencia de género ha ido posicionándose en múltiples contextos, desde discusiones académicas hasta espacios populares. Sin embargo, uno de mis cuestionamientos más sentidos tiene relación con lo necesario que considero llevar la temática de Violencia contra las mujeres a espacios cotidianos como forma de prevención, lo importante de discutir sobre violencia de género, así como también, sobre la ausencia de estas discusiones o análisis críticos a nivel local, al interior de las familias, de los grupos de amigos/as, entre compañeros/as de trabajo y en las comunidades educativas. Si bien, lo hemos visto más a menudo en la televisión abordado por noticieros, no ha sido más que para mostrarnos los escalofriantes casos de la manifestación más extrema de la violencia contra las mujeres, los feminicidios. Más no en otras circunstancias, no por la inexorable razón de educar, problematizar o desnaturalizar, ni para que la población pueda tomar consciencia respecto de esta realidad que viven tantas mujeres al interior de sus hogares, o más bien, -lamentablemente- en cualquier lugar donde puedan encontrarse, a diario.

Cada vez que vemos o escuchamos la noticia de que un hombre ha dado muerte a su pareja o expareja, muchas personas quedamos consternadas, lamentando hechos tan aberrantes, maldiciendo al agresor y pensando en cómo pueden perpetuarse estas situaciones, pero ¿Cuántas veces hacemos algo respecto? ¿Y qué pasa con la violencia que no llega a esta manifestación extrema, pero que ocurre cotidianamente en el espacio privado, de la que no somos testigos?

Es por esto que considero muy necesario trabajar en prevención, hablar sobre las causas, las consecuencias, y cómo evitar que esto suceda, cómo protegernos, estando alerta, detectando las señales y tomando decisiones que van a marcar la diferencia entre continuar o salir del círculo de la violencia de género, al menos de la ejercida en el espacio doméstico, ya que, salir completamente del círculo de la violencia patriarcal es por estos días un desafío incesante, sobre todo si pensamos en que constantemente las mujeres estamos siendo violentadas en espacios públicos por hombres que no están dispuestos a cuestionarse los privilegios asignados históricamente, bajo la figura de la masculinidad hegemónica.

No obstante, tengo la convicción de que puede realizarse un importante trabajo que incida en la manera de actuar y de pensar que nos lleve a la transformación social. Ocupándose de los espacios en los que no se practica a menudo el cuestionamiento sobre la forma en que nos relacionamos, la falta de crítica a un sistema que día a día nos demuestra los grandes niveles de violencia a los que estamos expuestas solo por el hecho de ser mujeres y querer desarrollarnos en plena libertad. ¿Las personas darán tribuna a conversaciones, discusiones o planteamiento de sus puntos de vista a temáticas tan transversales como la violencia de género en sus espacios más íntimos como una sobremesa? ¿En qué momentos se conversará sobre esto al interior de un grupo familiar o de amigos/as? ¿Existirá ese espacio realmente? Desde ahí es que cobra mayor relevancia la idea de que es una acción fundamental, instalar estos espacios, reivindicarlos, darle importancia al intercambio de ideas, a la educación, como forma de Prevenir o detectar tempranamente situaciones de violencia.

La prevención es una acción que nos permite contribuir a concientizar sobre una problemática antes de que esta ocurra. Si bien, no es responsabilidad de las mujeres estar constantemente educando a la ciudadanía, es a través de estas acciones que podemos contribuir a avanzar en la transformación y en la construcción de una sociedad donde podamos sentirnos más libres y seguras, al caminar por las calles, al estar en el trabajo, en la casa y en todos los contextos en que deseemos desenvolvernos, lo que hoy es una posibilidad limitada.

Es un camino largo, porque las acciones deben ser muchas, de manera simultánea en distintos lugares, y ejecutadas por muchas personas con las mismas motivaciones. Sin embargo, he comprobado que, sembrando la semilla de la inquietud algo se puede remover en la comunidad, un interés por ir más allá, abriéndoles la posibilidad de cuestionarse su posición, sus acciones, y el cómo contribuir a la erradicación de la problemática. Asimismo, he identificado que los mensajes más importantes que debemos transmitirnos entre nosotras, es que “no estamos solas”, “no son casos aislados”, “no es nuestra culpa”, “no estás destinada a vivir esto”, y “existen muchos caminos que te permitirán salir de la violencia”. Se ve complejo al principio, pero se puede vivir dignamente, con amor y en libertad.

Si bien, es un tema que tiene muchas aristas, comenzar a ponerlo en la palestra es un gran primer paso desde donde se podrán emanar acciones que permitan realizar un trabajo más profundo, concluyendo idealmente con la eliminación de la violencia de género.